Ésta es mi Casa, tu Casa

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sábado, 14 de agosto de 2010

COSAS DE NIÑOS



- Ahora estate tranquilo sentadito mientras te preparo la cena. Pórtate bien. Toma unas pinturas y papel, y píntame algo mientras.

Me cuesta concentrarme a veces, dejar de recordar su insaciable apetito de gourmet, su costumbre de tararear las canciones de la radio mientras cocinaba los fines de semana. Se pasaba la mañana del sábado organizándolo todo: elegía los platos, iba al mercado a comprar los ingredientes, de paso me traía flores, abría una botella de vino, se servía un vaso, encendía la radio y pedía que no le molestásemos. Siempre nos sorprendía con algo nuevo. Lo malo era como me dejaba la cocina, pero le dejaba hacer, cansada de guisar el resto de la semana y encantada de tenerle junto a mí.

- Bueno, a cenar. Venga, abre la boca, eso es. Es papilla de fruta, de la que te gusta. ¿Ves como está muy rica? Muy bien, ahora un yogur y luego a la camita. Espera un poco que recojo la cocina.

Compartimos lo bueno y lo malo. Ahora que lo malo ha ganado la batalla, me aferro a los recuerdos de lo bueno, a las tardes de paseo cuando novios, a los desayunos en la cama del domingo, a los sueños que se quedaron a medias, a la cálida firmeza de su cuerpo.

-Bueno, al baño. A ver ese pañal... ¡Uff, vaya cacota! Vamos a cambiarlo para que duermas bien. Así, limpito. Ahora a poner el pijama.

Cuando comenzó a insultarme y me dio aquella bofetada me vine abajo. Más tarde comprendí que no era él. Se me hizo duro, fueron un par de años, luego se volvió inofensivo, metido en si mismo, como un caracol adormilado.

- Ven que te dé un beso en la frente. A descansar. Hasta mañana mi vida.

Visto así, mientras lo arropo, cobran sentido sus palabras, sus recuerdos. Ha vuelto a la niñez. A sus sesenta años habla de jugar a las canicas, me pide merendar pan con chocolate, confunde el salón con el patio del colegio. Apenas podemos entendernos ya. Nos queda solo el lenguaje del cariño. Esa mierda de enfermedad le está borrando la pizarra de su vida.

lunes, 2 de agosto de 2010

UN BUEN TRABAJO



La sangre resbala extraña y sucia sobre el brillante acero inoxidable. No me agrada el efecto y menos aún cuando el agua la diluye y se pierden juntas en sucia acuarela por el sumidero. La sangre donde realmente queda bonita, perfecta, es en la piel, recién derramada, calentita aún, con ese color tan puro y denso, deslizándose lentamente lamiendo un muslo o salpicada como granos de granada sobre un vientre de terciopelo.

No ha estado mal el trabajito de hoy, cinco fiambres en un día. No me quejo, la verdad es que pagan bien, y metidos en faena igual da uno que cinco. Don Alberto quedará satisfecho. A mí me deja siempre los trabajos sucios, confía en mí y yo no le defraudo: soy discreto y limpio, cuido el detalle y no dejo huellas, para eso me pagan. Mañana, si me acuerdo, miraré los nombres de los muertos en la prensa. O no... La verdad es que casi nunca lo hago, prefiero trabajar sólo en su muerte sin saber nada de sus vidas. Ese es el truco de este oficio: ser frío, indiferente, ajeno, y para ello nada mejor que verles como meros objetos de trabajo.

La putita, por ejemplo, con su cuerpo de ninfa bajo el vestido de lamé y las botas altas. Un navajazo preciso. Un trabajo fácil. ¿Por qué matarla? Yo que sé... Nunca me ha gustado ocuparme de putas y encima algo no cuadraba del todo: un cuerpo demasiado fino para hacer la calle, casi de niña y con toda la pinta de pijita... Mal rollo fijo. Mejor no preguntar.

La maruja gorda ha sido otra cosa. Costó lo suyo rematarla. ¡Vaya que sí! Cinco cuchilladas nada menos: las tres primeras no hicieron más que cortar grasa, la cuarta un tajo en la mano con la que trataba de protegerse, la quinta, profunda y con recorrido, le rompió las tripas. En medio de la faena, no he podido evitar recordar cuando iba al pueblo con mis padres para la matanza. Su carne, blanda y fofa, olía a cebolla, a ajo y a lejía.

El más rápido ha sido el tercero: un chavalito de los modernos con su piercing, sus tatuajes y esa expresión de espanto en los ojos, cercana al estallido, que deja la muerte por asfixia. El pañuelo de seda en estos casos es la elección acertada para que no se vean marcas. ¡Qué pena de veinte años! Le cambiaba yo a ese gachó el cuerpo sin dudarlo, que uno ya no es el mismo de antes.

Los otros dos iban en el mismo paquete: hombre y mujer, treinta y algo, vestidos de noche, salen de fiesta, cogen el coche, los frenos no responden, y dos cuerpos rotos e irreconocibles. Un accidente de circulación más. Un caso frecuente... Un trabajo fino de especialista.

Estoy cansado, pero satisfecho. No siempre consigo rematar bien la faena y la verdad es que hoy me he portado ¡Soy bueno, joder! Probablemente el mejor de por aquí, que a veces da pena ver las chapuzas de otros. Bueno, me voy a casa, me merezco un descansito y una buena cena. Un último vistazo... ¡Perfectos! Los cinco preparados al detalle, elegantes, maquillados. Me gusta verlos así, con la ropa que han traído los familiares, como si fueran a una boda. Mañana se dirán susurrando que parecen dormidos y más de uno les besará en la frente, como hago yo con mi hija por las noches.

Me voy. No me gusta encontrarme con las familias, me da grima y además no me conviene. Yo sólo soy el que disfraza a la muerte para amortiguar su dolor, para que los cuerpos que han amado se parezcan a sus recuerdos, para que la visión de su carne rota no les persiga y les devore. Yo me llevo conmigo esas fotos venenosas para ellos y las dejo desvanecer en una obscura estantería perdida en mi memoria a la que procuro no acercarme. Nada quiero saber de sus nombres, nada de sus vidas, que otros jueguen a imaginarlas. Yo no sé hacerlo ni quiero saber, sólo soy un artesano de la compostura y el engaño que maquilla el rigor de la muerte para la ceremonia del tránsito. Ese es mi oficio y para eso me pagan.

Voy a salir por la puerta de atrás del tanatorio. Además hoy hay mucha prensa y curiosos, que no todos los días hay un accidente mortal doble, dos asesinatos y un suicidio en una ciudad de provincias como ésta. ¡Yo me largo! Con un poco de suerte pillo el autobús de y cuarto y puedo ver la segunda parte del partido. Parece que va a llover.

© Januman


De Mister Nick Cave: Where the wild roses

jueves, 15 de julio de 2010

EL REGALO


A la vuelta del crucero abrimos los paquetes. Apiladas contra la pared de la habitación reservada al primero de los hijos que esperábamos tener, las cajas de la lista de bodas, envueltas con primor en papel dorado, me hicieron recordar las mañanas de Reyes. Quise lanzarme a rasgar aquellos cofres del tesoro como un niño, pero Carla impuso como siempre sensatez. Fuimos cotejando caja a caja el listado que habíamos recibido y llevando cada una a su futura ubicación. Así me encontré sentado en la cocina ante una brigada de pequeños electrodomésticos alineada a mis pies. Cumplí las instrucciones: liberarlos de envoltorios, leer las instrucciones, comprobar que funcionaban bien, guardar los manuales de uso y apartar las garantías para llevarlas a sellar. Aproveché para estrenar la cafetera y preparé dos tazas. Una con leche para mí, un cortado para ella.

Escuché el insulto y me picó la curiosidad. No solía decir tacos. Sentada en el borde de la cama, Carla empuñaba una lámparita de bronce en cada mano y las miraba con ojos de espanto. Repetía ensimismada las mismas palabras: "se lo dije, mira que se lo dije..." Al verme, se arrancó.
- Se lo dije, Ernesto, se lo repetí varias veces. Pero claro, ella no ha entendido nada. Estilo japonés, papel de arroz, minimalista... ¡Nueva rica! Tenía que hacerse notar, como siempre, seguro que se limitó a elegir la más cara, ese es el único estilo que ella comprende. Con las monadas que había para escoger y nos larga este adefesio. Mira que espanto.

Me alargó una lámpara y se dejó caer en la cama. Un dragón chino se erguía fiero y orgulloso entre mis dedos y su boca exhalaba una pantalla de cristal a modo de cascada. Pensé en las tiendas de los chinos, pero pesaba lo suyo, y la sentía sólida y labrada con esmero. Estaba en el límite entre el objeto de anticuario y la horterada. Quise apaciguarla, aún no había descubierto que cuando Carla se llevaba las manos a la cabeza y se tiraba del pelo lo mejor era seguirle la corriente.

- Bueno mujer, tampoco es para tanto.

- ¿Qué no es para tanto? No me digas eso. ¿Es que no tienes ojos? Esto es una canallada. Esto no se le hace a una amiga. Y encima con recochineo. Anda, lee.- Y me alargó la tarjeta.

Con tinta dorada sobre negro, había una dedicatoria: "Para que alumbren vuestras noches de amor. Lorena y Marcos".

- ¿Lo entiendes? Pretende que las pongamos en el dormitorio. Solo de pensarlo me dan ganas de vomitar.

Entonces cometí un segundo error, coloqué la lámpara en la mesilla de noche para ver el efecto. Aunque se levantó como una leona para arrebatarla de aquel espacio, me dio tiempo a darle la razón. Aquella pieza desentonaba en el dormitorio estilo japonés que había comprado siguiendo paso a paso un reportaje de revista de decoración que me hizo aprender de memoria en los meses en que juntos preparamos el piso que sus padres nos compraron. Yo nunca comprendí del todo aquel afán orientalista, hubiera preferido algo más cálido que aquellas líneas austeras (ella correjía: "austeras no, depuradas"), pero su determinación y la labia de aquel vendedor ("decorador", matizaba) de la tienda de diseño vencieron sin apenas resistencia mis leves recelos. Acaté incluso la compra de aquel futón duro y pesado en vez del mullido colchón que mis huesos reclamaron al probarlo. Me convencí a mí mismo diciéndome que al final lo esencial en una casa eran las personas que allí trenzarían sus vidas juntas, dándole sentido a las paredes y a sus muebles. La dejé hacer desde entonces, opinando poco y asintiendo casi siempre, entendiendo que hacer un nido era territorio reservado y mi tarea al respecto la de promotor y no la de arquitecto. Ella era feliz y yo a su lado me sentía confortable.

Así fue durante los meses que precedieron a nuestra boda. Asumí que la novia mariposa que me sedujo con el aleteo de su carne tejía hilo a hilo el capullo donde se convertiría en mi esposa. Me acostumbré a su seda, a dejarle llevar la iniciativa, mientras yo la veía desplegar una febril actividad hasta entonces oculta en su dulzura cortés. Era minuciosa y estricta: para encontrar la alfombra adecuada hubimos de recorrer varias decenas de tiendas y acabamos encargando una a medida que nos costó un ojo de la cara. Su cara radiante y sus efusiones amorosas después de cada adquisición compensaban el esfuerzo.

Era gratificante dar caprichos a quien era mi capricho. Cuando se presentó en mi vida envuelta en su cuidada perfección, sentí como si mi propia mano la hubiera modelado a imagen y semejanza de mis sueños. Apenas me inquietó que despertara en mí más certidumbre que pasión. No sé si me explico. No quiero que se me malinterprete, pero el pensamiento que más me llenaba era el de que cumplía sobradamente los requisitos que cualquier hombre pondría en su íntima lista de mujer ideal y que yo era el elegido. Ella necesitaba un consorte para fundar su reino y me sentía un afortunado jugador al que le había tocado un póker de damas para apostar sin miedo en el tapete de la vida.

Por eso no quise dar importancia a aquel estallido de ira, cosas de reinas, me dije. El mal humor le duró solo un día, el tiempo necesario para ir de nuevo a la tienda y comprar unas sencillas y carísimas lámparas de papel con ideogramas pintados, colocarlas en el dormitorio y sepultar aquel regalo en una caja de cartón fuera de su vista.

Día a día erigió su reino en cada rincón de la casa, en una labor tenaz en la que se concentró aún mas cuando me reincorporé al trabajo al acabar el permiso. Nos habíamos conocido en la facultad, compartíamos título y le ofrecí incorporarse al bufete, pero no mostró el menor interés. La verdad es que yo ganaba dinero de sobra y ella disfrutaba elaborando un nido én el que cada rama debía estar en el lugar correcto. Al principio aquel orden meticuloso me sorprendió. Cada objeto tenía su lugar preciso y su uso exacto. Descubrí que le exasperaba que yo cambiase algo, aún sin darme cuenta, pero me fui adaptando, comprendí que lo mejor era actuar como un marido machista y no hacer nada en la casa, pese a que en el piso de estudiantes hacía de todo y me lo montaba bien. Ella era feliz y yo me quitaba problemas.

Solo chocamos y mucho con un detalle del salón. Fue la primera discusión y mi único plante. Habíamos comprado una mesa para poner junto al sofa. Ya en la tienda pensé que aquello tenía más de escultura que de mueble y que iba a resultar un poco incómoda para ver la tele. La tarde en que la trajeron, tras limpiarla y colocar en ella libros de arte con portadas a juego con la alfombra, se le iluminó la cara.

- Perfecta. Me encanta.
- Muy bonita, sí, vamos a estrenarla- le dije.

Luego metí la pata y nunca mejor dicho. Encendí la tele, me senté en el sofá y coloqué los pies cruzados encima de la mesa. Al principio no comprendí su gesto de horror. Como si los hubiera puesto en el altar mayor de la basílica de San Pedro en plena misa. Lo reconozco, soy perezoso, por eso, porque me conozco, reivindiqué mi sacrosanto derecho a estirar las piernas. Fue la primera noche que nos acostamos sin hablarnos Tras dos días de guerra fría, encontramos una solución de compromiso con la mediación pacificadora del dichoso decorador: tiramos de tarjeta y adquirimos un sillón de piel reclinable a juego con la mesa. Sería mi trono, mi pequeña parcela de poder en sus dominios.

Allí estaba, dormitando la siesta de un domingo, cuando sonó el teléfono. Me hice el loco, pues aparte de la casa, su otra pasión era quedar con gente para enseñársela, haciendo de guía experta de su obra de arte, y no había fin de semana desde que nos casamos que alguien no se pasara a hacernos una visita. Cuando cambió su marcado tono de voz cortés por un balbuceo, supe quien llamaba.
- Hola, Lore, que alegría, no nos vemos desde la boda. Ya sabes, ocupadísima con el jaleo de montar la casa. ¿Venís? ¿Ahora? No, no, sin problema, perfecto. Hasta ahora cari.

Acogí el cambio de tono al colgar con una sonrisa, me iba acostumbrando poco a poco a esa esquizofrenia entre la Carla pública y la íntima.

- Esta siempre tan oportuna, pues no me llama desde el coche... Esto se avisa con tiempo. No te quedes ahí parado. Recoge la casa mientras me arreglo. Con la jaqueca que tengo, a mí me da algo...

Recogí el periódico, pues era lo único arreglable que veía alrededor, tras echar una ojeada a la sección de deportes. Marcos solo tenías dos temas de charla: mujeres y fútbol. El primero era tabú en tales circunstancias, por lo que necesitaba un par de argumentos para rellenar un poco el tiempo de visita. Cuando sonó el videoportero, sonreí. El matrimonio perfecto vestido de domingo con su cajita de pastas de té. Sería divertido si no me lo tomaba en serio, comedias de sociedad, me dije.

Fui a avisar a Carla de que ya subían, pero me la tropecé balbuceando en el pasillo. Al principio no entendí lo que decía.

- Ernesto, las lámparas, las putas lámparas...
- ¿Qué lámparas?

- Tú eres tonto, su regalo... querrá verlas, seguro. ¿Y ahora qué hacemos? A mí me da algo.

Esa vez sí que creí que le daba... Jadeaba con los ojos moviéndose de lado a lado y se llevó la mano al corazón . Sonó el timbre. Sus ojos se pararon en los míos. Pude ver en su mirada el nacimiento de la treta.
- Corre, busca las lámparas y pega el cambiazo mientras yo les entretengo. Venga, venga, muévete, no te quedes ahí parado.

Aunque cerró la puerta del pasillo tras de sí, escuchaba los besos de bienvenida, los estás guapísima, los primeros halagos al salón de la casa, mientras trataba en vano de recordar donde coño había guardado las puñeteras lámparas. El tiempo pasaba. Carla era buena dando conversación, pero pronto extrañarían que yo no saliera a saludarles. En el baño, les diría que estaba en el baño, eso siempre funciona. Se me ilumino el bombillo. En el baño... ¡no!, en el lavadero, estaban en el armario del lavadero...

Creo que me comporté como un espía de película cómica: crucé el pasillo de puntillas, abrí la puerta de la cocina a cámara lenta, llegué al lavadero, localice la caja, la abrí como si fuera una reliquia, desandé el camino de nuevo de puntilllas y entré en el dormitorio. Casí me dio la risa al verme en el espejo, encorvado con dos dragones en las manos. Los coloqué en las mesillas. Ahora había que esconder las otras. Debajo de la cama. Un último vistazo antes de cerrar. Perfecto. Respirar un poco. Secarme el sudor. Sonrisa Profiden y cara de haber cagado a gusto.

Nada más entrar, Carla me taladró con una mezcla de temor y enfado. Temor a que no hubiese hecho su encargo y enfado por la demora. Mientras abrazaba a Marcos le guiñé un ojo y puse cara de niño travieso. Ella se relajó y creo que Marcos se sorprendió de la alegría con la que le seguí cogiendo del hombro. Mientras Carla oficiaba de sumo sacerdote en la cocina haciendo café con Lorena, nosotros tuvimos una apasionante conversación sobre el mercado de fichajes del verano. Tras el café y las pastas, muy ricas por cierto, comenzó la visita guiada del santuario. Como si no se fiara del todo, Carla dejó el dormitorio para el final. Se sucedieron los monísimo, los qué acierto y los divino por parte de Lorena, así como los estó os ha costado un huevo de Marcos. Carla desplegaba aquella liturgia con la misma eficiencia practicada en visitas anteriores, aunque me pareció advertir cierto regodeo altivo aquella tarde. Por fin entramos al dormitorio.

- Precioso- dijo Lorena-, me encanta el estilo japonés. Es... luminoso ¿no? Ah, y habéis puesto las lámparas que os regalamos. Le van genial.

Miré a Carla. Apenas un leve parpadeo dejaba traslucir a la leona agazapada. Me sorprendieron sus reflejos.

- Bueno, sí, ya sabes, los contrastes, se llevan mucho los contrastes

El bueno de Marcos aportó su chascarrillo a aquella pantomima.
- Contraste y con... trasto, anda que no pesaban ná las lamparitas. Bronce macizo, eh, y cristal soplado. Por cierto, ¿qué tal luz dan? A ver...

Un escalofrío de duda me recorrió la columna como un cohete de feria que de pronto me estalló en la mente. Entonces lo supe, pero ya no podía hacer nada. Marcos se acercó al cabecero y pulsó el interruptor.
Nuestra cama japonesa flotando en el nirvana, sobre una nube luminosa. Lorena tratando de entender aquel golpe de estilo. Marcos agachándose a mirar bajo la cama. Yo con los ojos electrocutados por los cables que colgaban como colas muertas de dragones ciegos. Carla, blanca como el papel de arroz de las lámparas que olvidé desconectar. Marcos sacando una del suelo y mostrándola a Lorena. Lorena, roja. Carla, roja, asesinándome con su mirada.

A mí me dio la risa, me dio la risa floja. Primero fue por nervios, me pasa a veces, pero luego era un torrente desbordado que me hacía sentirme bien, lúcido y libre en medio de aquel absurdo . Le cogí la lámpara a Marcos con una mano, con la otra un dragón y me senté en la cama a carcajada limpia. Marcos con cara de pingüino, Lorena con la boca abierta y Carla dándole algo. Cuanto más les miraba, más me daba la risa, tanto que se me saltaron las lágrimas. Lorena mirando su reloj y recordando no sé qué compromiso de repente, Marcos tardando en comprender la excusa y sonriéndome sin mucha convicción, Carla tartamudeando una disculpa atropellada.
Nunca me lo perdonó. No tanto lo de olvidarme del enchufe, si no lo de la risa y mi determinación a dejar de tomarme en serio esas cosas. Algo se quebró para siempre. Duramos poco más de un año. Yo tomé la iniciativa. Ella lo asumió como algo inevitable, decía que ya no era el mismo, y era cierto, volvía a ser yo, ni mejor ni peor, simplemente yo. Cuando nos separamos, se quedó con la casa. Solo pedí llevarme una cosa. Cuando se lo dije, se lo tomó mal, aunque no lo hacía para provocarla. Ahora los dragones escupen su luz a la entrada de mi estudio. No es para menos, aunque queda un poco hortera, pero, como diría Carla, la gente vulgar carecemos de estilo.

© Januman

jueves, 1 de julio de 2010

ESTOY AQUI

Hotel Room, Edward Hopper (1931)


Solamente una canción. Algo es algo. Suyo afectuosamente. Januman.

Estoy aquí por GASTELO

Dias extraños por The Doors

sábado, 19 de junio de 2010

CUMPLEBLOG


Pasa el tiempo inexorable. Hemos dado juntos una vuelta más al sol. Este blog nació el día que comenzó el anterior verano, como una incógnita, una ventana incierta que ignoraba si alguien vendría a asomarse a ella. Qué poco queda de los afanes de entonces, de la deriva de aquel navío que se lanzaba a navegar con su cargamento de sueños en la bodega y las velas inflamadas de deseo. El mar de la vida ha jugado con él como si fuera un barquito de papel. Papel, el material donde se escriben los naufragios del alma.

Entonces le guiaban cantos de sirenas, hermosas melodías rellenas de aire, huecos inflados de anhelo y de nostalgia. Melancolía en soledad de aquel verano que vio secarse los racimos de pámpanos dorados del inicio. Pero en esa soledad fuisteis abordando este bajel, tomasteis posesión de la sala de oficiales para conjurarnos juntos en patente de corso y surcar los Mares del Sur del sentimiento en pos del botín que encierra la amistad.

Máscara y disfraz como etiqueta, complicidad como estandarte y respeto como lema. Y así, entrada tras entrada, mes tras mes, jugamos al escondite y la rayuela hasta sentirnos pandilla, buhardilleros nos llamasteis, buhardilleros. Esta Casa de Citas es y ha sido una matrioska, esas muñecas rusas que se engullen unas a otras en una sucesión de dimensiones cóncavas. Hay otras Casa de Citas pero están en esta, diferentes capas de cebolla que conforman las Casas de Citas que habitamos cada uno y cada una, como hay varias Jones, Colores, Noes, Eddas o Juncales, como hay varios Janumans ocultos tras esta máscara que escribe detrás de una pantalla en esta noche de junio sin estrellas.
Miro hacia atrás y pondero como el tiempo es relativo, como el año ha pasado tan pronto, como sus días se hicieron tan largos. Si uno pudiera volver atrás para evitar sus errores... No, esa tendencia al condicional es un veneno para el alma, la vida es ensayo y error, quien no se equivoca es porque vive equivocado en la inercia y la apatía. Vivir aunque duela y vaya si duele...
Quedan los buenos momentos, queda la magia del encuentro, esa que hace que nos citemos en esta humilde buhardilla, que nos leamos día tras día con la complicidad de una distancia cercana. Por eso celebremos el seguir aquí, sin ataduras, porque queremos, con la lealtad de sabernos libres de irnos cuando nos plazca, de decirnos máscara a máscara lo que pensamos y sentimos sin cortapisas.
Que corra el ron, la cerveza, el cava... las palabras y la música que compartimos. Os dejo la banda sonora. Barra libre. Invita la casa.

jueves, 17 de junio de 2010

EPOPEYA

A veces escribir es tan necesario como respirar. Es como sudarte a ti mismo tras un día de tórrida sequía, de bochorno que dilata la mente en un afán de sobrepasar los límites que impone la rutina. Uno quisiera engarzar gemas de imágenes en el metal del sentimiento, moldear una joya en el crisol que habita en nuestro pecho, avivar las brasas que laten en las venas, aventar el humo que nos ciega y licuarse en tinta derramada, en filas de hormigas con alma de enjambre.

Es un zumbido que proviene de la espalda del silencio, allí donde habita la oculta melodía que rige nuestra vida, un patrón de notas repetidas que subyace en nuestros pasos con anhelo de ser canción, si asumimos la derrota del control y la gracia del instinto.

Instinto. Dejarse ser tal como eres. Renunciar a proyectarte como quisieras ser, como quisieron que fueras, como podría haber sido. Sólo ser. Dejar de estar. Nada más y nada menos. Conjugarse en reflexivo y volverse acción a lomos de adjetivos.

Soltar las bridas de tu boca, azuzar a las palabras en pos de una visión, cabalgar por senderos que nadie hoyó porque nacen tras tus pasos. Las crines del alma al viento, los ojos entornados por la luz que nos deslumbra, la lengua aleteando en la boca.

A veces escribir es leerte a ti mismo una epopeya, aún sabiendo que puede que nunca seas el héroe que el guión exige.
Januman

miércoles, 9 de junio de 2010

JANUMAN EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS (final)




Cuando consiguió montar el puzzle de cristal de su memoria, descubrió que faltaba un fragmento, un hueco triangular en su reflejo, en el vientre de aquel espejo roto que le mostraba cuarteado en pedacitos de si mismo, a modo de telaraña que acaba en embudo, en vértigo de abismo. Se preguntó por el vacío de aquel agujero negro en miniatura y sintió la tentación de asomarse.

Debía andarse con cuidado, los filos cortantes tomaron forma de acantilados al acercarse a ellos. El vaho de su aliento se hizo ola y le arrastró en remolino. Caía por un caleidoscopio vertical, reflejado en sucesivas copias de si mismo que aleteaban como un enjambre de moscas. Tuvo tiempo de observarlas y notar que no eran él, sino ese nosotros que cargamos con el tiempo y que tanto nos confunde. Fue entonces cuando tocó suelo sin apenas darse cuenta.

Estaba en un vestíbulo y había tres puertas con rótulos de bronce encima: pasado, futuro y ahora. El Pasado era un portón antiguo, de madera gruesa y maciza. Pese a ello se abría con facilidad, para dar paso a un salón en penumbra decorado profusamente con muebles de época. En el centro un confortable diván invitaba a tumbarse y dejar que la mirada vagase perezosa de objeto en objeto. Una propuesta irresistible que aplazó por curiosidad.

El Futuro era un largo y elevado ventanal de acero inoxidable que daba a un paisaje de prados y nubes blancas y se abría de forma mecánica al acercarte. Podías sentarte en la hierba, entornar los ojos bajo el sol y jugar a formatear aquel vapor a tu antojo. Sería agradable dejar pasar el tiempo soñándo un universo de algodón, un tiempo blando y vaporoso.

En medio de ambos, una puerta pequeña, sencilla y sin estilo bajo el título de Ahora. Pese a parecer endeble, forcejeó en vano con su pomo. Estaba cerrada, sellada, blindada de forma inapreciable a simple vista, pero evidente ante su empuje. Una simple cerradura daba a entender una llave de la que no encontró rastro alguno en el vestíbulo. Si no hubiese intentado abrirla, el Pasado o el Futuro habríán sido dos platos de balanza a cual más cómodo para pesar su decisión, pero ya no podría recostarse en prados ni en divanes sin dejar de preguntarse aquel misterio oculto en el presente.

Se sentó en el suelo. Así la puerta quedaba a su altura y, al compararla con las otras, le vino el recuerdo de una juguetería en la que, junto a la puerta de entrada, había una más pequeña para llamar la atención de los niños. Sonrió y ese gesto fue la llave que abrió su comprensión. Quizás solo un niño pueda vivir en el ahora, con los ojos abiertos de par en par a la magia del instante, capaces de ver la vida como un cuento que se escribe jugando al escondite, sin querer, sin planes ni objetivos, un baile en la comba del destino, cantando una canción sin sentido aparente: rosa con rosa, clavel con clavel, que ha dicho mi madre que elija y escoja usted.

Escojer no escojer, dejar que el cuento discurra con el asombro ingenuo de una astucia inocente. Calzarse las botas de siete leguas de la intuición, tocarse con la varita de los sueños, volar en la alfombra que se teje destello a destello.

Fue fácil, acarició la puerta y se abrió sin esfuerzo, como un gato acariciado en el lomo. Un par de peldaños de cristal flotaban en un vacío negro y espeso. Después la nada. Puso un pie en cada uno. Con mucha precaución alargó una pierna con la puntera del pie hacia adelante, buscando un apoyo. A punto estuvo de caerse. Al manotear para mantener el equilibrio cerró la puerta quedando atrapado en aquella escalera rota, solo con su miedo y su razón, volviéndose loco. Cuando se agotó de pensar una forma de salir, se sentó en un peldaño, exhausto de impotencia. Entonces el otro desapareció ante su vista. Un niño solitario ante un infinito de negrura y de silencio. Recordó la puerta y la sonrisa. Trató de escudriñar en si mismo una esperanza y decidió confiar de nuevo en la lúcida locura de la infancia. Se puso en pié, a la pata coja, cerró los ojos y saltó.

Escuchó una nota aguda al caer en algo inesperadamente estable. No se atrevió a mirar receloso de su suerte y siguió saltando, componiendo una melodía con ecos de función de marionetas que se repetía como un estribillo. Paró, apoyó el otro pie y abrió sus párpados. De nuevo, nada más que un peldaño . Ni rastro de aquel xilófono en que él había sido la baqueta. Algo rozó su rostro. Una fina cuerda y, al final, hermosa en la distancia, una cometa de colores vivos bailando sinuosa. No dudó ni un instante, asió el cabo y tiró con fuerza. Aquel artilugio de papel no cedió ni un milímetro, parecía anclado en su danza por una mano invisible y poderosa. Esta vez apenas perdió tiempo en tratar de entender y saltó al vació amarrado al poder de la ilusión. Así comenzó su viaje.

Al principió tuvo vértigo, el vértigo de saberse lazo al final de una frágil cometa, adorno de carne, fantasía de si mismo. A medida que subió y se alejó del suelo, comenzó a sentir que la cuerda se anudaba a su muñeca hasta formar un todo con él. Así aprendió a dirigirla con el deseo. Parecía fácil, pero pronto se cansó de ir de un lado para otro como una hoja seca en el viento. Comprendió que el problema era que carecía de un deseo vehemente que le sirviera de rumbo. Todos sus viejos deseos yacían esparcidos por el suelo y allí, desde la altura, semejaban los restos de algún vendabal, cadáveres resecos después de una batalla

Oteó el horizonte en busca de un rastro, pero qué podía desear en aquel vacío de penumbra. Mirase donde mirase todo era un hueco repleto de nada. El ahora resultaba ser una burbuja que flotaba en un abismo. Entonces se fijo en los reflejos irisados de esa pompa, que como un espejo cóncavo le mostraban los matices de su alma. Supo que, más allá de sus errores, de sus miserias y fracasos, habitaba algo hermoso, casi intangible pero puro. Cerro sus ojos y se dejó mecer por la brisa de un anhelo de unidad, de permanencia. Se soñó a si mismo como un mundo con sus selvas, sus desiertos, sus montañas y sus mares, y allí, en el centro de su ser, un magma cálido y potente.

Se bañó en esa lava y por un instante, breve pero intenso, fue carne de luz y se hizo estrella, un brillo fugaz en medio de la noche.

Franco Battiato:

NO TIME NO SPACE

NOMADAS