Ésta es mi Casa, tu Casa

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martes, 19 de abril de 2011

Perdón

Me enseñaron a pedir perdón
pero no a perdonarme a mí mismo.
Aprendí a tener a mano una disculpa
para cuando me atreviera a ser quien soy
Asumí que el perdón no es más que una tregua temporal
y la humildad una camisa de seda blanca
siempre a tono con los trajes del orgullo.
Perdoné,
fui perdonado
pero guardé a recaudo en la memoria
el debe y el haber de cada cuenta saldada en falso.

Ahora mi ser sopesa
una lápida con la palabra perdón escrita con cenizas
que guarda las flores que nunca recibí,
las cartas que no leyeron,
las disculpas esculpidas con voz de sangre,
los abrazos sin tacto,
las legañas que debieron ser lágrima,
los silencios que pesan como aullidos de plomo.

Perdón por profanar la tumba de la resignación,
por abrir la jaula a los canarios
que cantan canciones de muerte
en el balcón de la nostalgia.
Perdón por intentar que esta palabra
sea por fin árbol que enraice
pozo con agua
lejía de luz para sombras pertinaces
frontera que concede el pasaporte a la paz.

Perdón,
sí,
perdonarse y perdonar
los inevitables errores de estar vivo
para vivir por fin sin temor a equivocarse


sábado, 2 de abril de 2011

FIESTUQUI


Seguiremos con las confesiones, así, a la luz de las velas... de cumpleaños....

Que sí, que mañana domingo es mi cumple... Ya saben que es norma de la Casa mantener el más estricto anonimato y, como consecuencia, no develar aquellos detalles que nos permiten etiquetarnos convenientemente para comodidad de nuestra mente y alivio de nuestros miedos.
Aún recuerdo cierta entrada y la polémica que surgió sobre quien era en "realidad" este Januman que les sirve en la barra.

Pero claro, hay fechas y fechas, y ésta merece una pequeña confidencia a la parroquia: 50, cincuenta añitos me contemplarán mañana. Viejuno que es uno.

Ufff, cuanta vida queda detrás, cuantos momentos, buenos, y malos... Los peores, la mayoría , los que no se recuerdan, las rutinas grises, los días vacíos en el tiempo pasa de largo. Una gran parte de mis sueños quedaron por el camino como camisas de serpiente. Yo mismos fabricados con deseos que la vida se encargó de aparcar en el camino como una carcasa hueca.

Llego desnudo, con bastantes cicatrices, algunas supurando todavía. El pasado es una huella que se pierde en la memoria. Hay un niño que viene a mi fiesta. Espera una piñata. Es mi invitado más esperado. Me mira con sus ojos puros, comiendose la vida. Le tomo de la mano, le beso la frente y le entrego el regalo del ahora. Soy yo mismo, pero he muerto, y sin embargo aquel niño permanece en mí. Sólo ahora le he sacado del cuarto oscuro al que le castigó mi estupidez, esa en la que quise ser aquel que yo no era.

Lamento todos los errores cometidos, aquellos en que extravié el camino, en los que derroche tanta energía para nada, en los que tanto me dañé a mí mismo. Lamento sobretodo el daño que causé con mis errores a quienes han compartido conmigo este tiempo y este espacio. Como quisiera devolver cada lágrima o despecho convertido en cariño.

Hace poco descubrí la diferencia entre error y fracaso. Está en la actitud que tenemos ante el fallo: si nos entregamos a las tretas venenosas de la culpa o nos levantamos aunque duela, para que ese dolor nos destile comprensión y nos muestre la tenue luz de la esperanza.

Mañana, cuando celebre con mi peña la onomástica, recordaré esta pandilla buhardillera. Casi dos años llevamos juntos, gracias por vuestra lealtad, por vuestra presencia entrada a entrada.

Cava para tod@s, espumas de risas... y toda una declaración:

HOY VENGO A ENTREGARTE EL CORAZÓN su santidad: Mercedes Sosa

¿quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.
Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquila, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.
Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.
¿quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.

martes, 15 de marzo de 2011

CONFESIONES


Bueno, pues eso, que hoy toca confesarse. Siempre da miedo. A mí de pequeño me daba mucho miedo. Quizás porque me llevaban a misa a los Capuchinos y confesaba un fraile calvo pero con una barba larga, descuidada y de un color amarillo sobado. Lo de sobado era constatable en el propio sacramento, pues, mientras me esforzaba por alumbrar esos terribles pecados de la infancia (meterme con mi hermana, decir una mentira del calado de "pues mi padre es más fuerte que Franco" o el atraco a boca armada de la lata de galletas que escondía mi madre...), el venerable padre nosequé (un nombre apocalíptico como Honorato o algo así) se mesaba sus crines y miraba a un punto indefinible del techo como escudriñando la veracidad de mi declaración en las conjunciones estelares de trampantojo del retrato de la Inmaculada Concepción.

Compréndanme, titubeaba, claro que titubeaba. Como no hacerlo ante ese santón barbudo, cuyo aliento para colmo apestaba, y al que creía siempre a punto de descubrir mi herética propensión a preguntarme sobre la belleza de doncella de barrio de la modelo que inspiraba de aquel cuadro de la virgen, y a derivar por derroteros de blasfemia y perdición en las procelosas aguas del tedio dominical de aquellas misas insufribles.

Por eso ahora titubeo (entiéndase por tal el truco de acogerme a mi pasado más remoto con tal de no pasar a enumerarles mis pecados) y mis dedos empiezan a teclear y suprimir balbuceantes. Esto de la letra digital es lo que tiene, menos estresante. Antes comenzabas a escribir y en cuanto se te iba el hilo comenzaban los tachones y, lo que es peor para la paz de uno, el papel arrancado del cuaderno, estrujado entre las manos y lanzado al frío limbo de las palabras abortadas. Perdonen, uno se acuerda de los curas y los fetos le salen sin querer, ya vuelvo a lo mío.

Creo que se empezaba por confesar la demora desde la última confesión. Veamos... muuuchos años, sí, pero que muchos. Tantos que ni me atrevería a confesarme de verdad en una iglesía si me diese la gana (que no es el caso). Seguro que ahora ya no es lo que era, lo mismo te sale un curita de esos jóvenes, como los que salen de portavoces de los obispos, doctores en Teología y con MBA en Esade, con entrenamiento en interrogatorios por la facultad de Guantánamo. Quita, quita... Además, ahora seguro que ya no se dice lo de antes y se me va a notar que no estoy al día en liturgia. Vete a saber qué ha sustituido al Ave Purísima y al Padre he pecado... Seguro que alguna frase almibarada y de la nueva teología, es decir, lo mismo de siempre pero con diseño casual. Puede que incluso ahora lo graben en su base de datos, y así San Pedro y Satán van planificando la intendencia de sus respectivos dominios.

Que sí, que sí, que vuelvo a las andadas, que es el viejo truco de ver la paja en el ojo ajeno antes de confesar la viga en el tuyo. Pues nada, al grano con la viga. De pino, la mía es de pino. Sí, ya sé que no es una madera muy noble que digamos, que los pecados esculpidos en cedro parecen hasta dignos de cometer, y los de ébano y caoba tienen ese toque exótico que le da un aroma de delirio lujurioso; pero yo me cojo el pino, de nuevo cosas de la infancia, de resinas, de barquitos de corteza, del crujir de la pinaza seca al jugar al escondite...

No esperen por tanto pecados de alto lustre, ni dignos de rasgarse vestiduras o de aparecer en las crónicas de sucesos, ni tan siquiera en los confesionarios de la tele; que, por cierto, no sé que espera el Vaticano para realizar realitys de confesión en vivo y relanzar de nuevo un producto que ya no vende. Millones de fieles volverían a lavar sus culpas en el Jordán de las audiencias, bueno, a ver lavar las de los demás y a regocijarse con su roña, pero algo es algo.

No, los míos son pecadillos vulgares y corrientes, poca cosa, lo de siempre, lo de todos... Por eso me cuesta empezar, porque si eres confeso de atraco a mano armada resulta más fácil. Impacta ya de entrada. El otro se dice: joder, bien empezamos... Lo dice con desprecio y desde la confianza que da la existencia de prisiones y la debilidad del acusado que implica el propio acto de confesarse; pero lo dice, y con algo de envidia, con esa sorda envidia que nos da a los mediocres todo lo que sobresale por arriba o por abajo.

Perdón de nuevo, me dejaré de tretas evasivas, que aunque sirvan para ilustrarles sobre algunos pecadillos de los de mal de muchos consuelo de tontos, solo sirven de preámbulo cobarde. Allá voy y que Dios me coja confesado, y nunca mejor dicho: confieso haberme asesinado.

Januman

Confesiones de un malandrino
de Angelo Branduardi

(continuará)

martes, 8 de febrero de 2011

Pasos de baile


Pasos de baile

Me preguntas por qué danzo,
y bailando con palabras te respondo:

He visto pieles erizadas bebiéndose a sorbos
olido fragancias al galope en cabellos voladores
gustado el tacto delicado de mejillas ardientes
oído silencios vibrantes en pozos de pupilas
y tocado
sobretodo he tocado
carne luminosa y almas de seda.

Por eso no me pidas
argumentos ponderados que no huelen
que no oyen, que no tocan
ni datos carentes de sonido o gusto;
no busques manuales de uso o tratados al detalle
porque en el fondo de tus dudas
tú ya sabes de que te hablo
aunque aún no te escuches en mí

En el cuerpo está escrito el mapa del gozo
y tu alma conoce el recorrido;
solo necesitas desnudarlos de la mente
ceder el mando al niño que soñó contigo
volver a jugar al corro de la vida
y ser así un nosotros palpitante.

© Januman

Baila conmigo hasta el fin del amor de Mr Cohen


Querid@s buhardiller@s.... Vengan si les place. Tengo vino especiado. Llueve en mis cristales y el musgo que me tapiza el alma se vuelve carne turgente sedienta de caricias. Hay rumores de respuestas buscando una pregunta bajo los paraguas porque es tarde de domingo. Ya saben: toca cebar a los caballos y prepararle sillas y bocados fuera de su vista, para que no se nos desboquen por la mente.

Es culpa de mi cuerpo. Sí, vaya, ya saben que adoro la ironía. Mi cuerpo es culpable de que desatienda la buhardilla. A ser sinceros, nunca le hizo mucha gracia esto de pegarse a una pantalla, adoptar la postura del canguro y soportar la cómoda cárcel de este viejo sofá. A mi cuerpo le gusta moverse, correr, andar el mundo, saltar, nadar, tocar, plapar, abrazar, comer, beber, bailar, follar (sí, para que andarnos con melindres...) y si no puede hacer nada de lo anterior, le gusta dormir, dormir y dormir. Por eso se me resiste a sentarse y mover apenas los dedos brincando entre las teclas.

Mi cuerpo esta harto de que le obligue a hacer lo que no le gusta, de que anteponga el tiempo del mundo al tiempo de la vida, de que lo use como se usa un electrodoméstico o una bicicleta, de que me salte el manual de instrucciones que llevo impreso en mi conciencia, de que apenas le eche cuenta y de que no le quiera como quiero a mi mente. No es que sea celoso, es que tiene razón: su hermana se ha pasado tres pueblos, prentende ocuparse de todo, incluso de aquello que para nada le es propio, de aquello que por naturaleza es territorio del cuerpo: el placer, los sentimientos, la felicidad.

Mi cuerpo tiene voz de niño, de niño enfadado, pero de niño al fin. Reclama con simples, pero claros argumentos, que el mundo es un patio de recreo; los demás, compañeros de juego y travesura y la vida un juego sin más reglas que el respeto y una mirada limpia por bandera.
Últimamente le hago más caso. Me siento culpable, no he sabido respetar sus leyes y él y mi alma han pagado las consecuencias. Uno se creía un gran jockey, montado encima de él, con un brilante disfraz de colorines y una fusta para exigirle exprimirse en veloz carrera hacia la nada. Ahora me toca cuidarle, mimarle, dejarle galopar por los pastos del ahora, saciarse con la hierba jugosa del placer, reposar jadeante y sudoroso como un dios lustrado para el rito. Oficiar en el altar de la carne la liturgia de la piel para el dios que nos habita.

Como ven, he estado muy ocupado escribiendo con las yemas de mis dedos. Una tarde de lluvia permite esta pausa plena de confidencias. Venga, un abrazo y besos para tod@s, que de eso se trata.

Un pequeño homenaje a nuestros cuerpos, porque ellos mantienen en marcha los sutiles engranajes de la vida.

THE CLOCKTOWER

A un olmo seco de Machado porque la primavera viene reclamando sus dominios en la carne

miércoles, 29 de diciembre de 2010

AÑOS RÁPIDOS, DÍAS LENTOS




En una de las canciones de nuestra gramola se escucha: "que lentos pasan los días, que rápidos pasan los años". Leo el comentariuo que colgué el añlo pasado por nochevieja y esas palabras se hacen tatuaje en mis retinas:

No, no es el último dia del año, es el último dia del resto de nuestra vida, como mañana, pasado o ayer. Siempre lo he vivido así. Por lo que sea, es una fiesta que siempre me ha resultado ajena. Aún así participo en ella, pero como mercenario que se alista bajo una bandera en la que no cree.

Quizás sea que las cifras poco importan, que uno ha aprendido que puede vivir en diez minutos más que en diez años, que el tiempo es una convención que nos encorseta, los raíles de una via construída para llevarnos a donde no queremos.

De pequeños el tiempo era lento, un tren de mercancias lleno de regalos: el primer baño en el mar, la primera nevada, el primer beso... Pero ese tren acelera, sin apenas darnos cuents, pasan suscesivas estaciones y destinos marcados amodorrados en butacas confortables, hasta un fin de trayecto que llega sin avisar.

Quizás lo único factible en esta fecha será jugar a los contables; hacer balance, tratar de cuadrar las columnas del debe y del haber de 365 salidas y puestas de sol. Deseos, inercias, decisiones, errores, cosas y gentes que entraron y salieron del vagón...

Y así, cuando suenen las campanas, cuando los petardos y las voces conjuren la esperanza de la novedad, brindar, besar y sonreír con la simple y precaria convicción de aún estar vivo y dispuesto a dar batalla, ligero de equipaje y atento al próximo transbordo.

Bufff, ahora, en un recodo del camino, miro hacia atrás y recuerdo cuanto esfuerzo, cuanta lucha, cuantas batallas para llegar hasta aquí. Cuantas veces penseé que no podía más, cuantas cedí a la desesperanza. Y, sin embargo, estoy aquí, más yo mismo y más nosotros a la vez. No siempre lo hice bien, me equivoqué muchas veces; quizás mi único mérito sea haber seguido el rastro que dejaba mi conciencia, como ese Conejo Blanco de Alicia, siempre con prisas porque llega tarde, pero llega.

Esta es la vida, la tomas o la dejas, es decir, vives en lucha o sobrevives en la comoda guarida del engaño. A quienes se nos rasgó sin vuelta atrás el papel de regalo de la vida dócil, no nos queda sino volver a ser cazadores, depredadores de vida, al acecho permanente de cada instante de magia, para entregarnos a él desnudos y embriagados de presente.

Entiéndanme, no predico guerras santas, ni caminos de ascéticos iluminados, nada más lejos de mí, ahora que siento que mi cuerpo es sagrado y que mi alma es una con él. No me crean por ello alguien por encima de nadie, al contrario, porque sé de mi miseria cultivo mis campos de luz, he descubierto que la sombra es en si misma una tumba y que solo desde la luz se puede fecundar.

No, tranquilos, su capi no toma alucinógenos, ya saben cuando me da por subir a las alturas, me da el mal de altura, cosas mías... Déjenme eso sí sacar un poco de pecho, sentirme como el guuerrero veterano que revive en la taberna las crueles batallas, las frías noches de guardía, mostrar mis cicatrices, cantar con voz borracha algun romance de gesta. Créanme que pasé una buenatemporada en las mazmorras, cautivo por los corsarios del miedo, torturado por la angustia de no atreverme a ser yo mismo. Aún no sé como llegué hasta aquí, pero aquí estoy. Miro mi copa, llena a rebosar y me la bebo de un trago. Acabo como acabé hace un año:

Pedir perdón a quienes hice daño y agradecer a quienes me han amado.

Va por ustedes... herman@s de la santa cofradía de la buhardilla

Bïa et Lhasa de Sela - "Los Hermanos"


Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar
En el valle, la montaña,
En la pampa y en el mar
Cada cual con sus trabajos
Con sus sueños cada cual
Con la esperanza delante,
Con los recuerdos detras
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar

Gente de mano caliente
Por eso de la amistad
Con un lloro pa’ llorarlo
Con un rezo pa’ rezar
Con un horizonte abierto
Que siempre esta mas alla
Y esa fuerza pa’ buscarlo
Con tesón y voluntad.

Cuando parece mas cerca
Es cuando se aleja mas
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar.
Y asi seguimos andando
Curtidos de soledad
Nos perdemos por el mundo
Nos volvemos a encontrar.

Y asi nos reconocemos
Por el lejano mirar
Por las coplas que mordemos
Semillas de inmensidad.
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar

Y así seguimos andando
Curtidos de soledad
Y en nosotros nuestros muertos
Pa’ que nadie quede atras.

Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar
Y una hermana muy hermosa
Que se llama libertad

UN ABRAZO TABERNARIO

viernes, 24 de diciembre de 2010

DE LA FELICIDAD




Paseo sin rumbo por una ciudad nevada, bañada con la gélida luz de las mañanas de invierno de Castilla. Estoy contento, feliz quizás. Me cuesta utilizar la palabra felicidad, quizás porque padezco el síndrome del eterno insatisfecho, de quien anhela lo sublime y al que le duele la mediocridad del día a día; pero algo está cambiando en mí, es como una nueva forma de percibir el mundo.

Me recuerda cuando de pequeño resultó que era miope y me pusieron las primeras gafas... Qué magia enfocar de nuevo todo, redescubrir el detalle y los matices olvidados, ver la vida con el barniz brillante de la mirada exacta y, más aún si cabe, con los ojos limpios y voraces de los niños. Sí, es como si me estuviera ajustando unas lentes el óptico del alma. En ello estoy, comienzo a divisar signos que antes percibía borrosos en los rostros de la calle, en esas cosas que nos pasan y que ahora comienzan a cobrar cierto sentido en la galería fotográfica de la esperanza.

Ser feliz... hacer feliz a aquel que me rodea... No, no me he contagiado de publicitis navideña ni padezco sobredosis de polvorón. Vuestro Capi hoy faena en esta bodega silbando un villancico: gatatumba, tumba, tumba... mientras coloca bolas de Navidad y en la sartén se sofríen a fuego lento próximas entradas con aroma de chimenea sobre fondo de misterio.

Como querría que entrarais tod@s por la puerta a carcajada abierta, con ese torpe alboroto de los grupos de amigos en Navidad. Gastaros alguna broma y luego serviros un buen vino (perdón Mylady, la birra pa el verano) con unas tapitas de la casa, calentitas, junto a la estufa de leña, mientras desempolvo mi viejo acordeón y cantamos a capella afónica canciones del mar del sentimiento.

Debo darle gracias a la vida, me ha tratado duro últimamente, más también ha sido generosa en sus regalos, exigiendo para ello que estuviese dispuesto a recibirlos, que me despojase de todo aquello que me ataba a mí mismo. Tambien pido perdón, solo yo soy culpable de lo malo que he vivido, sólo yo responsable de mis logros, mas en esa soledad de aquel que decide recorrer el camino perdido huella a huella, brazos que no esperaba me cogieron de la mano, labios vírgenes se abrieron como flores para obsequiarme sus sonrisas y un cabello con olor a selva abandera mis sienes mientras me entrego a la vida.

Venga, que no se diga... ¿ su Capi sonriendo en vez de hilar nostalgias? Pues sí, ya me enredé con el pasado, déjenme ahora zambullirme desnudo en el presente.

Besos, abrazos y caricias.

Y ahora, abramos las ventanas, el cielo nos espera:

PASEANDO POR EL AIRE

jueves, 9 de diciembre de 2010

UN HOMBRE CABAL

El martes murió mi padre. La primera vez que escribí estas palabras me costó, sonaban tan duras... Ahora, que la realidad va calando con su lluvia de cotidianeidad, me suena como algo natural, un hecho engarzado ya en mi biografía como esos hitos que señalan un antes y un después. Han sido días de actuar, de asumir y afrontar los rituales de duelo y despedida, de confortar y hacer acto de presencia, asumir papel protagonista, mientras en la intimidad vives a tu forma esa despedida.

Permitidme que no desvele esa intimidad, que solo a mi padre y a mí nos concierne. Los recuerdos aflorados, los perdones concedidos, las disculpas aceptadas, el cariño de los momentos a solas. Si quiero en cambio hablaros de él, quizás porque me remuerde un poco no haber hecho lo que quise y no llegué a cumplir: escribirle en vida mi reconocimiento y gratitud.

Me han venido a la memoria las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique. De hecho las he releído hace un rato, pensaba empezar con un extracto; pero no, no me han agradado. No puedo usar las loas de alguien que considera grande a su padre por haber matado muchos moros, aunque inicie ese poema con hermosas reflexiones fluviales de todos conocidas.

Por otro lado, mi padre no era noble (mejor dicho, sí lo era pese a sus apellidos vulgares, lo que no tenía era título) ni desempeñó ninguna ocupación relevante. Fue un simple funcionario, alguien que definía irónicamente ese empleo como el de quien recibe un papel, hace algo con él y se lo pasa a otro. Me decía mi hermana que se murió como vivió: sin hacer ruido. Es cierto, y sin embargo, tenía madera de héroe, de esos héroes anónimos que sostienen el mundo sin capa ni seguidores.

En el velatorio alguien dijo de él: era un hombre cabal. Lo fue, fiel a sus principios, alguien que no cedió incluso a esas corruptelas que su trabajo le ofrecía y que le hubieran concedido fácilmente y sin riesgo ese dinero que tanto le costaba conseguir. Hoy, cuando meter la mano en el saco está de moda y ser honesto parece de tontos, el ejemplo de mi padre es para mí un baluarte moral más claro y comprensible que sesudos tratados de ciudadanía al uso.

Su vida no fue fácil, sin embargo, luchó por hacernos la vida fácil a los demás. Sé que fue feliz en su niñez, no había más que fijarse en su entusiasmo cuando se recordaba a si mismo en su pueblo. Sus recuerdos guardaban aromas frutales, de niños robando manzanas, correteando por los campos, jugando con anímales, escuchando los relatos de las viejas junto al fuego en el invierno mientras en la noche aulllaban la ventisca y los lobos. Pero la guerra civil le expulsó del paraíso y la muerte de su padre de la infancia. Tenía 14 años cuando aquel, en su lecho de muerte, le hizo jurarle que cuidaría de su madre y sus hermanos.

¡Vaya si ha cumplido el juramento! Quizá su mayor defecto fue preocuparse demasiado de los demás y poco de sí mismo. De inmediato dejó en un segundo plano unos estudios muy prometedores para ponerse a trabajar. Trabajar, cómo ha trabajado mi padre... Ríanse de las jornadas continuas, eso sí que era jornada continua.: trabajaba de funcionario toda la mañana, luego toda la tarde en una empresa privada y después de cenar se ponía a llevar la contabilidad de varias tiendas. Uno de mis recuerdos inborrables es el de irle a dar un beso antes de irme a la cama y encontrármelo dormido agotado sobre un montón de facturas. Muchas de las cosas, saberes y capacidades que disfruto se las debo a ese esfuerzo tenaz. Mi vida ha sido más comoda gracias a su esfuerzo.

Siempre he odiado esos panegíricos de funeral en las que el finado era canonizado y sus pecados relegados para más tarde. Mi padre tenía defectos y cometió errores. Como yo los tengo y cometí. Como todos. Compartimos en nuestra humana condición el ser imperfectos. Él no era el padre que quizás yo hubiera elegido ni yo fui el hijo que el esperaba. Afortunadamente para ambos, la libertad engendra destinos no previstos y nos une con un vínculo más poderoso que la razón: el sentimiento.

Por eso he elegido para esta entrada la sonrisa etrusca que me hizo conocer Sampedro, la alegría cotidiana como heraldo de la vida ante la muerte. Quiero recordarle en su humana condición, cuando consiguió que sus pantuflas fueran esquíes sobre los que me deslizaba hacia la cama con mi cabeza apoyada en su vientre, cuando sus muslos eran lomos de caballos, cuando me enseñó a pescar (aunque luego me aburriera).

Cada vez me doy cuenta de lo que nos parecemos. En el hijo se puede volver, dice la canción que les propongo. Descanse en paz.

ZAMBA PARA NO MORIR