
INVICTUS
Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley (1849-1903)
Para escuchar de fondo:
Parsifal de Wagner
Como podéis ver en los enlaces, este esplendoroso poema lleno de coraje y valentía no fue escrito en una cumbre, sino en un abismo, desde el dolor y la enfermedad de su autor. Mucho tiempo después Nelson Mandela se apoyó en él para soportar 27 años de prisión injusta en durísimas condiciones. Ayer vi la película "Invictus", basada en el proceso de reconciliación que promovió en Suráfrica al ser presidente.
Yo quiero retomar el texto para los procesos de reconciliación internos, aunque me resulte tan audaz como proclama. ¿Quién no se ha lamentado? ¿Quién no tiene miedo ni agacha su cabeza? ¿Quién no se ha sentido dueño de su destino, seguro al timón, para despertarse húmedo y helado tras los naufragios del tiempo? ¿Recordais mis entradas al principio del blog? Pues eso.
Quiero sentir ese poema como un himno de esperanza, cantado con humildad, pero con fe. Aferrarnos al poder de la esperanza, desde el alma, sea lo que sea que esa palabra signifique en nosotros. Aquello que nos puede hacer invencibles, pese al miedo que nos somete desde nosotros mismos. La jaula en la que aleteamos torpes y confusos como pájaros está hecha de hierro forjado a golpe de error, pero el hierro se disuelve con él óxido de la comprensión, aunque duela. En el fondo, nosotros somos nuestros propios carceleros. A falta de llaves mágicas, habrá que roer y oxidar los barrotes.
Si alguna dia cumplo uno de mis sueños, que es tener un velero, lo llamaré ALMA.
Besos y abrazos desde esta isla desierta.
Al timón, a contraviento, he recordado un poema de un libro que os recomiendo y del que podéis leer más versos en este enlace: Metales pesados de Carlos Marzal
Por supuesto que los de cojones incluye intrínsecamente ovarios, que no haya recelos de machismo aparente.
COJONES DUROS
No bastan las veleidades, las furias y los sueños;
se necesita algo más: cojones duros.
C.P.
EL extraño artilugio de un poema
es una imperturbable realidad
que soporta flemática, sin daño,
cualquier definición.
Es una joya
que resplandece en sus palabras justas,
las ágatas pulidas de una lengua.
Un silogismo para concebir
el hecho inconcebible de estar vivo.
Un camarada fiel que cobijamos
y en la noche del alma nos cobija.
Una semicorchea en el concierto
que interpretan los astros infinitos.
Y es una forma rara de aventura
que nos conduce hasta un país insólito:
esa estepa glaciar de la emoción.
Para viajar allí, donde el poema,
un escritor requiere algunos víveres:
cierto devoto amor por los difuntos,
cierto olfato verbal, cierto talento,
cierta ebanistería del oficio,
cierto dios sabe qué de inexplicable.
Y en especial tener cojones duros,
para no sentir miedo de perderse,
para el delirio de apostar con fe,
para adentrarse solo en tierra extraña,
para el forzoso puerto del fracaso.
Una fuerza moral.
Consiste en eso:
una fuerza moral contra el destino.
CORAJE DE VIVIR