
Cuando consiguió montar el puzzle de cristal de su memoria, descubrió que faltaba un fragmento, un hueco triangular en su reflejo, en el vientre de aquel espejo roto que le mostraba cuarteado en pedacitos de si mismo, a modo de telaraña que acaba en embudo, en vértigo de abismo. Se preguntó por el vacío de aquel agujero negro en miniatura y sintió la tentación de asomarse.
Debía andarse con cuidado, los filos cortantes tomaron forma de acantilados al acercarse a ellos. El vaho de su aliento se hizo ola y le arrastró en remolino. Caía por un caleidoscopio vertical, reflejado en sucesivas copias de si mismo que aleteaban como un enjambre de moscas. Tuvo tiempo de observarlas y notar que no eran él, sino ese nosotros que cargamos con el tiempo y que tanto nos confunde. Fue entonces cuando tocó suelo sin apenas darse cuenta.
Estaba en un vestíbulo y había tres puertas con rótulos de bronce encima: pasado, futuro y ahora. El Pasado era un portón antiguo, de madera gruesa y maciza. Pese a ello se abría con facilidad, para dar paso a un salón en penumbra decorado profusamente con muebles de época. En el centro un confortable diván invitaba a tumbarse y dejar que la mirada vagase perezosa de objeto en objeto. Una propuesta irresistible que aplazó por curiosidad.
El Futuro era un largo y elevado ventanal de acero inoxidable que daba a un paisaje de prados y nubes blancas y se abría de forma mecánica al acercarte. Podías sentarte en la hierba, entornar los ojos bajo el sol y jugar a formatear aquel vapor a tu antojo. Sería agradable dejar pasar el tiempo soñándo un universo de algodón, un tiempo blando y vaporoso.
En medio de ambos, una puerta pequeña, sencilla y sin estilo bajo el título de Ahora. Pese a parecer endeble, forcejeó en vano con su pomo. Estaba cerrada, sellada, blindada de forma inapreciable a simple vista, pero evidente ante su empuje. Una simple cerradura daba a entender una llave de la que no encontró rastro alguno en el vestíbulo. Si no hubiese intentado abrirla, el Pasado o el Futuro habríán sido dos platos de balanza a cual más cómodo para pesar su decisión, pero ya no podría recostarse en prados ni en divanes sin dejar de preguntarse aquel misterio oculto en el presente.
Se sentó en el suelo. Así la puerta quedaba a su altura y, al compararla con las otras, le vino el recuerdo de una juguetería en la que, junto a la puerta de entrada, había una más pequeña para llamar la atención de los niños. Sonrió y ese gesto fue la llave que abrió su comprensión. Quizás solo un niño pueda vivir en el ahora, con los ojos abiertos de par en par a la magia del instante, capaces de ver la vida como un cuento que se escribe jugando al escondite, sin querer, sin planes ni objetivos, un baile en la comba del destino, cantando una canción sin sentido aparente: rosa con rosa, clavel con clavel, que ha dicho mi madre que elija y escoja usted.
Escojer no escojer, dejar que el cuento discurra con el asombro ingenuo de una astucia inocente. Calzarse las botas de siete leguas de la intuición, tocarse con la varita de los sueños, volar en la alfombra que se teje destello a destello.
Fue fácil, acarició la puerta y se abrió sin esfuerzo, como un gato acariciado en el lomo. Un par de peldaños de cristal flotaban en un vacío negro y espeso. Después la nada. Puso un pie en cada uno. Con mucha precaución alargó una pierna con la puntera del pie hacia adelante, buscando un apoyo. A punto estuvo de caerse. Al manotear para mantener el equilibrio cerró la puerta quedando atrapado en aquella escalera rota, solo con su miedo y su razón, volviéndose loco. Cuando se agotó de pensar una forma de salir, se sentó en un peldaño, exhausto de impotencia. Entonces el otro desapareció ante su vista. Un niño solitario ante un infinito de negrura y de silencio. Recordó la puerta y la sonrisa. Trató de escudriñar en si mismo una esperanza y decidió confiar de nuevo en la lúcida locura de la infancia. Se puso en pié, a la pata coja, cerró los ojos y saltó.
Escuchó una nota aguda al caer en algo inesperadamente estable. No se atrevió a mirar receloso de su suerte y siguió saltando, componiendo una melodía con ecos de función de marionetas que se repetía como un estribillo. Paró, apoyó el otro pie y abrió sus párpados. De nuevo, nada más que un peldaño . Ni rastro de aquel xilófono en que él había sido la baqueta. Algo rozó su rostro. Una fina cuerda y, al final, hermosa en la distancia, una cometa de colores vivos bailando sinuosa. No dudó ni un instante, asió el cabo y tiró con fuerza. Aquel artilugio de papel no cedió ni un milímetro, parecía anclado en su danza por una mano invisible y poderosa. Esta vez apenas perdió tiempo en tratar de entender y saltó al vació amarrado al poder de la ilusión. Así comenzó su viaje.
Al principió tuvo vértigo, el vértigo de saberse lazo al final de una frágil cometa, adorno de carne, fantasía de si mismo. A medida que subió y se alejó del suelo, comenzó a sentir que la cuerda se anudaba a su muñeca hasta formar un todo con él. Así aprendió a dirigirla con el deseo. Parecía fácil, pero pronto se cansó de ir de un lado para otro como una hoja seca en el viento. Comprendió que el problema era que carecía de un deseo vehemente que le sirviera de rumbo. Todos sus viejos deseos yacían esparcidos por el suelo y allí, desde la altura, semejaban los restos de algún vendabal, cadáveres resecos después de una batalla
Oteó el horizonte en busca de un rastro, pero qué podía desear en aquel vacío de penumbra. Mirase donde mirase todo era un hueco repleto de nada. El ahora resultaba ser una burbuja que flotaba en un abismo. Entonces se fijo en los reflejos irisados de esa pompa, que como un espejo cóncavo le mostraban los matices de su alma. Supo que, más allá de sus errores, de sus miserias y fracasos, habitaba algo hermoso, casi intangible pero puro. Cerro sus ojos y se dejó mecer por la brisa de un anhelo de unidad, de permanencia. Se soñó a si mismo como un mundo con sus selvas, sus desiertos, sus montañas y sus mares, y allí, en el centro de su ser, un magma cálido y potente.
Se bañó en esa lava y por un instante, breve pero intenso, fue carne de luz y se hizo estrella, un brillo fugaz en medio de la noche.
Franco Battiato:
NO TIME NO SPACENOMADAS